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Cuando no validamos, se intensifica el sentimiento, mientras que cuando hablamos del sentimiento y lo reconocemos en el otro, paradójicamente, el sentimiento disminuye y hasta desaparece. Por esta razón la idea de parar la clase, para validar emociones cuando aparecen —aunque parezca que frenamos el ritmo y que perdemos el tiempo—, produce sus frutos.

Para concretar y para resumir, los elementos básicos de la validación son:

Poner en marcha todos los elementos de la escucha activa y mostrarnos abiertos y acogedores con los sentimientos que trae la otra persona.

Identificar dichos sentimientos, haciéndolos explícitos poniéndole nombre si están implícitos en la conversación o hablando de ellos si han emergido de manera natural, ayudando a verbalizarlos, a conocerlos.

No enjuiciar, criticar, o los sentimientos. La persona debe sentir que es un espacio seguro, que se le permite, como persona, ser genuina en la forma de sentir.

Existe una herramienta lingüística denominada Reflejo Empático que hace que la persona se sienta validada. Consiste en hacer una afirmación sobre el sentimiento que ha citado la persona en la conversación, con una coletilla inicial. Algunos ejemplos son:

Por lo que me dices, te sientes triste.
Por lo que veo, estás estresado/a.
Creo entenderte que te sientes eufórico/a.
Parece, por lo que me cuentas, que últimamente estás distraído/a. Corrígeme si me equivoco, pero parece que estás muy emocionado/a…

¡Cuidado! Preguntarle a nuestro interlocutor “por qué” tiene esa emoción no necesariamente es validar. Por ejemplo: “¿por qué estás tan furioso con tu compañero?”, “¿por qué te portas tan mal en clase?”, “¿por qué estás tan triste y dolorido si solo ha sido un rasguño?”. Estas preguntas obligan a la persona que las recibe a justificar su emoción, a dar una razón lógica sobre la causa de su emoción. A veces esa causa está clara: “mi compañero me pegó”, pero otras veces, las emociones no tienen una causa que pueda ser razonada. En muchas ocasiones a los adultos no nos convencen las razones que nos dan los alumnos porque no son lo suficientemente “razonables” (en la escala de razón del adulto). La respuesta más común al “por qué” es el “no sé”, así que, entramos en un diálogo que, por un lado, no valida la emoción del niño o niña y, por otro, cierra la posibilidad de seguir hablando del tema para darle una salida más satisfactoria.

Llegados a este punto, es posible que tengamos muchas preguntas y dudas como esta: “Pero, ¿validar no será darle la razón al niño o niña?”, “¿no será que estamos diciéndole que puede seguir haciendo lo que estaba haciendo aunque estuviera mal hecho?”, “¿no será que si lo hacemos le damos el permiso de que siga sintiéndose así a pesar de que es un sentimiento negativo que deseamos que desaparezca?”, “¿cómo puedo validar que una chica esté destrozada si no puedo entender su sentimiento y nunca lo entenderé si solo hacía una semana que salía con el chico que la dejó?”, “si estamos continuamente validando ¿no caemos en el colegueo y perdemos autoridad?”…

Practiquemos la validación. Por lo que intuimos, seguramente tienes muchas dudas. Es posible incluso que te sientas confuso/a y un poco escéptico/a sobre todo esto. Es lógico y normal, muchos profesores y profesoras nos han preguntado lo mismo. Si ahora te sientes algo más comprendido/a y aliviado/a respecto a estas emociones, mejor. Ahora estaremos en mejores condiciones para hablar sobre el tema que nos ocupa y seguir avanzando.

Sigamos ampliando lo que significa validar.

Validar emociones no es dar la razón, ni entender la emoción. Podemos estar totalmente en desacuerdo con el alumno/a, el compañero de trabajo o la familia con la que estamos hablando y eso no impide que podamos validarles. Es más, no es necesario ni siquiera entenderlos, puesto que no vamos a poder entender todo lo que sienten y viven las familias, los compañeros, los niños y los adolescentes y, sobre todo, a estos últimos. No hace falta estar de acuerdo con el sentimiento de desgracia que tiene la chica ante la ruptura de una pareja que se formó hace tan solo diez días para poder validarlo. Ni siquiera tenemos que entenderlo. Solo es necesario poner en marcha la estrategia del reflejo empático y devolverle a la alumna lo que está sintiendo: “veo que estás muy afectada”, para que eso le produzca el efecto paradójico de sentirse mejor, que es lo que, en el fondo, deseamos que ocurra.

Validar una emoción no es lo mismo que justificar conductas. Citando a Jorge Bucay: “No somos responsables de las emociones, pero sí de lo que

hacemos con las emociones”. Por supuesto. Si una alumna rompe un cristal de la puerta de su clase, tras un puñetazo que nace de la rabia que siente tras el enfado con una compañera, podremos validar el sentimiento de rabia, pero no justificar que por eso rompa algo o pegue a alguien. Lo que validamos son emociones, no conductas. Veamos este otro ejemplo. Si un alumno insulta a un profesor, podemos validar la emoción que le ha provocado el insulto: el enfado, la rabia… pero no el insulto en sí mismo. Podemos pensar que la reacción es exagerada. Es exagerada para nosotros pero no para la persona que la siente. Aquí está la clave de la validación: no juzgamos la emoción, validamos que la persona pueda sentirse de una manera que no compartimos y a partir de aquí, de este sentimiento de comprensión y escucha que genera, el sentimiento bloqueante disminuye o desaparece y se puede emprender una conversación para el cambio. Se emprende una nueva narrativa para el cambio.

Validar una emoción no es dar el permiso para que siga sintiéndose así. Cuando validamos una emoción negativa, ésta disminuye y desaparece. El hecho de explicitarla, de sentir que la otra persona la sostiene, ayuda a que se disipe y aparezca la sensación de sentirse comprendido (aunque no sea exactamente así, recordemos que validar no es lo mismo que comprender). Para la otra persona ese es el efecto. No le estamos diciendo: “tienes todo el derecho de sentirte así, así que sigue haciéndolo”. Simplemente estamos diciendo: “tienes todo el derecho de sentirte así, veo que lo ocurrido ha tenido en ti este efecto. Y ahora, ¿qué quieres hacer con ese sentimiento?” Seguramente su respuesta será: “quiero sentirme mejor”.

Validar no es caer en el «colegueo» o «buen rollito» con el alumnado. Para entender esto nos hacemos preguntas a nosotros mismos: ¿a qué perfil de profesor o profesora le da legitimidad un alumno o alumna?, ¿qué es lo que ellos tienen que ver en nosotros para que seamos significativos para ellos?, ¿a quién creemos que pueden hacer más caso, a un profesor que continuamente grita o amenaza intentando imponerse, o a alguien con el que se sienten escuchados y validados?, ¿a un profesor que les respeta también o que se centra en dar clase mostrándose autoritario? Y es que ser autoritario no es

lo mismo que tener autoridad. ¿Qué nos ayudaría a tener autoridad frente al alumnado? Algunas respuestas adecuadas podrían ser respetarse a uno mismo y respetarles a ellos, no ponernos a su altura en las discusiones, ser consecuentes con lo que decimos y hacemos, como por ejemplo ser puntuales si les pedimos puntualidad… Es cierto, esta forma de hablar con ellos no es contraria a la autoridad, ayuda incluso a que un profesor sea más significativo para un alumno y, por tanto, será una figura más creíble, más legítima, más respetada cuando tenga que poner normas. Es decir, nos ganamos la autoridad no porque la impongamos, sino porque nos las dan ellos y ellas. C.G Jung dijo: “Uno recuerda con aprecio a sus maestros brillantes, pero con gratitud a aquellos que tocaron nuestros sentimientos”. Validar las emociones es tocar los sentimientos de nuestros alumnos y alumnas, es ser más significativos para ellos, con todo lo que esto conlleva. De nuevo un camino que parecía más largo resulta ser el más corto. Pensémoslo con detenimiento.

Formas de no validar hay para todos los gustos y colores. Según Faber y Mazlish (2002), podríamos catalogarlas de la siguiente forma:

Respuesta filosófica: “Así es la vida. Algo tendrás que aprender de esta situación. En unos años darás las gracias por haber pasado por esto”.

Negación de los sentimientos: “Es una tontería eso que te pasa. Deja de pensar en ello… Solo llevabas una semana con ese chico… No tiene importancia».

Un consejo: “Olvídate de él, sal con tus amigas, conoce otros chicos, ignóralo cuando te cruces con él”.

Hacer preguntas: “¿Por qué crees que te dejó?, ¿Hiciste algo para que te dejara? ¿Qué piensas hacer ahora?”.

Defensa de la otra persona: “Intenta comprender al chico. Seguramente se confundió y no quería hacerte daño. Seguro que le fue difícil a él también tomar la decisión”.

Mostrar compasión: “Pobrecita. Espero que te recuperes pronto, y que tus amigas puedan ayudarte. Que te dejen es lo peor. Seguro que te da vergüenza venir así al instituto”.

Psicoanálisis de aficionado: “¿No has pensado por qué los chicos te dejan tan rápidamente? ¿No será que inconscientemente, te asusta el compromiso?”.

Cuando algún alumno/a, familia o compañero/a te dicen cosas como…

“No me digas cómo debo sentirme”
“No me digas lo que tengo que hacer”
“Nunca me comprendes”
“¡Ya sabes lo que voy a hacer con tus preguntitas!” “Te pones de parte de todo el mundo menos de la mía” “Soy un desastre”
“Esta es la última vez que te cuento algo”

…¡cuidado! Entonces has caído en alguna de las formas de no validar a la otra persona.

CONTINUARÁ…